Érase una vez un colegio pequeño y lleno de vida, donde los niños jugaban, reían y aprendían con una energía que contagiaba a todos. Pero había algo muy especial en aquel lugar…
Hace 33 años, en un soleado día de primavera, el director del colegio encontró algo sorprendente mientras caminaba por el jardín del patio. Entre el polvo y las hojas caídas, apareció una caja de madera muy antigua, con detalles tallados a mano.

No era una caja cualquiera. En su interior guardaba ilusión, creatividad e imaginación en su forma más pura. Había cintas de colores que brillaban, plumas mágicas capaces de dibujar sin tocar el papel y polvo dorado que hacía que las ideas volaran libres como pájaros.
Desde entonces, esa magia sigue presente en la escuela, iluminando los corazones de quienes la habitan. Una magia que se renueva cada día en la sonrisa de los niños y niñas, en sus juegos y aprendizajes, en cada gesto de ilusión compartida.
Hoy, esa misma magia vuelve a recordarnos que creer es crear, y que la escuela, cuando vibra con imaginación, es el lugar donde nacen los sueños.
