
Hay libros que se leen y libros que consiguen que volvamos a sentirnos niños.
Esta semana quiero detenerme en una propuesta literaria que ha llamado mi atención: El jardín de los balones perdidos, de Lola Llatas, con ilustraciones de Ana Sanfelippo, publicado por Edelvives y galardonado con el Premio Ala Delta 2026.
¿Os imagináis un jardín donde los balones desaparecen misteriosamente? ¿Y si detrás de todo se escondiera una bruja que ha declarado la guerra al mundo entero?
A partir de esta curiosa premisa, la autora nos invita a adentrarnos en una historia donde el misterio, la fantasía y la aventura se dan la mano. Un relato que despierta la curiosidad y nos recuerda que la imaginación no tiene límites.
Pero quiero detenerme en algo que considero especialmente importante: la necesidad de acercar a nuestros niños a historias que les hagan disfrutar de la lectura.
A veces buscamos grandes estrategias para fomentar el hábito lector y olvidamos algo esencial: un niño empieza a amar los libros cuando encuentra una historia que le emociona, que le sorprende y que le invita a pasar una página más.
La lectura no debe ser una obligación que cumplir, sino una puerta que abrir.
Desde la escuela tenemos la responsabilidad de crear lectores, pero también de conseguir que los libros formen parte de sus vidas, de sus conversaciones y de sus sueños.
Porque un niño que lee descubre mundos; un niño que imagina aprende a mirar más allá; y un niño que disfruta leyendo lleva consigo una herramienta extraordinaria para toda la vida.
Mi recomendación: dejemos que los balones se pierdan en ese jardín, que las brujas nos sorprendan y que nuestros pequeños lectores descubran que, detrás de cada libro, puede esconderse una aventura inolvidable.
Joaquín Marza Merce
Educar para vivir, educar para sentir.

