En un mundo cada vez más digital, sigo convencido de que el papel nos regala una experiencia única e irrepetible. Pasar las páginas de un libro, detenerse en su olor, sentir el peso de las palabras en nuestras manos… son sensaciones que van más allá de la simple lectura.

Leer no consiste únicamente en comprender un texto; es también vivirlo, sentirlo y conectarse con su esencia. La lectura en papel nos ofrece un vínculo especial con la historia que tenemos delante, una cercanía que difícilmente puede ser sustituida por una pantalla.
Creo que es fundamental fomentar en nuestros hijos e hijas el hábito de leer en papel, no solo como una práctica académica, sino como una oportunidad para descubrir el placer de la lectura desde lo sensorial, lo emocional y lo personal. La escuela, junto con las familias, tiene la responsabilidad de abrir ese camino hacia la lectura como fuente de disfrute, conocimiento y crecimiento.
La pregunta que queda en el aire es sencilla y, al mismo tiempo, profunda: ¿cómo elegimos leer y cómo transmitimos ese amor por los libros a las nuevas generaciones?
